Porfirio Díaz, ¿héroe no reconocido o injusto villano?

Click para ampliar
La solicitud de repatriación de los restos del general Porfirio Díaz Mori, que se encuentran en el cementerio de Montparnasse en París, Francia, ha incendiado aún más el debate histórico respecto a la heroicidad o villanía del dictador mexicano.

Mientras los historiadores identificados con la izquierda afirman que fue Díaz Mori un presidente que sirvió a los intereses neoliberalistas de los grupos oligárquicos, sus defensores afirman que el gran desarrollo de México ocurrió a causa de la paz y proyecto de nación que estableció. Además, los defensores también argumentan como rasgo a favor de Díaz su genio militar, cuya mayor expresión consta en la Batalla del 2 de Abril.

En ese contexto, Explícamex reproduce dos textos opositores publicados en el diario El País y en La Jornada. El primero corresponde a una entrevista que le hizo el mayor diario de habla hispana al escritor Paul Garner, quien presenta a Díaz más como un héroe que como un villano.

En tanto que, por el lado de los críticos, Explicamex reproduce el artículo del historiador Pedro Salmerón (@PASalmeron) en el que critica con dureza las políticas y hasta actos genocidas del general oaxaqueño.

Amantes de la historia, disfruten este debate textual:

Entrevista del diario El País:



Paul Garner comienza su libro Porfirio Díaz, entre el mito y la historia con una evaluación de las diferentes formas de manipulación de la figura del hombre que gobernó México por tres décadas. La reedición de la obra de este doctor en Historia por la Universidad de Liverpool y profesor asociado del Colegio de México pretende sumarse al debate que surge por el aniversario luctuoso del general oaxaqueño, que murió en París el 2 de julio de 1915.

Pregunta. ¿Qué tan controvertida es la figura de Porfirio Díaz?

Respuesta. Muy controvertida. Que sus restos permanezcan en París es muestra de que la interpretación de esta época es política y no histórica. La posibilidad de que regresen es un asunto muy polémico. Pero para los historiadores hay una necesidad de entender mejor su Gobierno.

P. ¿El aniversario luctuoso se usará para reflexionar sobre el porfiriato?

R. Cuestiono el uso de ese término. Implica autoritarismo y que los cambios y las transformaciones materiales, culturales, sociales en la segunda mitad del XIX fueron responsabilidad de un solo hombre. Tuvo mucho que ver con la primera globalización de la economía internacional y con el trabajo de muchos. En realidad, Díaz controló mucho menos de lo que se imagina. Nunca fue el poder dictatorial que siempre se dice.

Díaz controló mucho menos de lo que se imagina. Nunca fue el poder dictatorial que se dice
P. Octavio Paz siempre subrayaba que fue una dictadura liberal.

R. Exactamente. Lo he nombrado liberalismo pragmático o liberalismo patriarcal. Una dictadura elegida. No debe tener esos adjetivos, pero es un reflejo de las contradicciones y de las diferentes culturas políticas de México. Una de la legalidad y otra de viejas prácticas autoritarias. Mi interpretación del éxito de Díaz es que sabía manejar o acercarse a las dos. Sabía negociar el poder y presentarse como el árbitro entre distintas facciones. Al principio de su Gobierno prevaleció la mano dura y al final, cuando comenzó una crisis política que el régimen no supo solucionar, vuelve. El error es interpretar lo que pasó en los últimos años como si fuera la forma en que gobernó durante 30 años.

P. ¿Qué hay sobre el “mátalos en caliente”, la comunicación que envía Díaz al gobernador de Veracruz para sofocar una rebelión?

R. El telegrama nunca se ha encontrado, pero el episodio refleja un fracaso en la política de conciliación. En su primer Gobierno hay una mezcla de reconciliación y mano dura, que siempre fue su herramienta. Lo reconoce abiertamente. Dice que cualquier levantamiento es inaceptable y se tiene que suprimir por justificada que fuese la causa de los rebeldes.

P. ¿Era un buen político?

R. Comenzó con éxitos militares. Se crea un héroe en las batallas del 2 de abril y del 5 de mayo. Sobre esa base construye su primer acercamiento a la presidencia en 1867, cuando tiene 37 años. Desde su formación en Oaxaca ya está muy metido en los grupos liberales puros, de jacobinos. Además, como todos los políticos del XIX, tiene una formación de abogado. No se profesionalizó, pero tenía los estudios. También estudió el seminario.

No le gustaba el discurso político, no fue un intelectual. Se presentaba como un hombre de acción
P. Pero su primer paso en el Congreso no fue memorable.

R. No le gustaba el discurso político, no fue un intelectual. Se presentaba como un hombre de acción. Si vemos su correspondencia, las cartas que dictaba a su secretario, es un hombre bastante escueto de un discurso patriótico no muy elaborado. No hablaba mucho, poco característico de los políticos. Era mejor para escuchar.

P. Los Gobiernos tecnócratas del PRI son los que revisan la figura de Díaz. ¿Por qué?

R. Buscaban un paralelismo con la época de Díaz y la modernización del México. Eso se reflejó en los libros de texto. El antiporfirismo revolucionario decía tres cosas de él: que era tirano, dictador y entreguista. Que su política económica solamente favoreció a una élite extranjera. El discurso cambia en la época de Salinas, en 1992, donde se decían cosas buenas. Le seguían diciendo dictador, pero ya no tirano. Lo de entreguista se cambió a modernizador. Hasta el día de hoy le llaman dictador. El Gobierno ha guardado silencio ante el centenario luctuoso de Díaz.

P. ¿Cuál es la peor mentira que se cuenta sobre él?

R. Que fue un dictador. El sistema fue complejo y contradictorio. Una mezcla de prácticas constitucionales y autoritarias.

P. ¿El PRI tiene algo de Porfirio Díaz?

R. Fue uno de sus legados. Había elecciones y el poder se tenía que negociar. En el porfiriato las elecciones no eran muy limpias, con el PRI tampoco. Siempre es una sorpresa para la gente que haya elecciones en una dictadura. Los dictadores clásicos como Francisco Franco nunca las celebraron. Para Díaz la Constitución de 1857 es la que da legitimidad al sistema. Son símbolos muy poderosos. Muy importante para Díaz, como la de 1917 lo es para el PRI.

El artículo de Pedro Salmerón en La Jornada



Hasta hace pocas décadas, la mayoría de los historiadores profesionales, los que se documentan, los que confrontan y critican sus fuentes, no dudaban del carácter popular, agrario, nacionalista y antimperialista de la revolución mexicana. Únicamente un puñado de nostálgicos del porfiriato y de fantaseadores y fabuladores (como Bulnes o Vasconcelos) negaban la evidencia incontrovertible de esa verdad. Podían discutirse los grados, las formas de esas características, pero no se ponía seriamente en duda lo sustancial.

Y si la revolución era eso, necesariamente el régimen contra el que se hizo era antipopular, autoritario, oligárquico y semicolonial. Los historiadores tampoco discutían eso. Matizaban, encontraban variantes y explicaciones, pero no dudaban de esas características centrales del porfiriato. Mucho menor era el consenso sobre los resultados de la revolución: para unos, el régimen que se decía emanado de ella era la continuación institucional de la revolución; para otros –la mayoría quizá–, la revolución popular fue vencida, deformada, traicionada, interrumpida o intervenida.

Posteriormente, los historiadores revisionistas buscaron explicaciones, pero casi ninguno negó el carácter oligárquico y semicolonial del porfiriato. Así, pusieron énfasis en el proyecto de desarrollo, en las creaciones culturales, en la consolidación de instituciones, en los aspectos nacionalistas del régimen, lo cual también era cierto, salvo que una siguiente generación perdió de vista su carácter fundamental: al convertirse en especialistas de asuntos menudos, muchos olvidaron los aspectos globales y las realidades económico-sociales de alcance nacional. A estos historiadores honestos les acompañó temporalmente la moda de falsificar: numerosos escritores de ocasión que cantan las loas del porfiriato y que, a costa de grandes cañonazos a la verdad, lo presentan como el mejor gobierno nacional. Éstos, como mostramos en falsificadores de la historia, simple y llanamente mienten.

El revisionismo y las mentiras han cambiado significativamente nuestra percepción del porfiriato: cuando en 1947 Daniel Cosío Villegas denunció que el régimen de Miguel Alemán llevaba al país por un rumbo neoporfirista (autoritario, oligárquico, neocolonial), sus críticos y los jilgueros del régimen (que eran legión) lo acusaron (casi) de traición a la patria por comparar al nacionalista presidente Alemán con el entreguista presidente Díaz. Pero cuando en 2013 Andrés Manuel López Obrador señala que al entregar los recursos de la nación a los extranjeros y al sostener un modelo económico que ahonda los abismos sociales el gobierno sigue un rumbo neoporfirista, sus críticos y los jilgueros del régimen (que son legión) lo acusan de mentir y manipular la historia.

Pero la propaganda neoporfirista olvida u omite que el ciclo de Díaz coincide con La era del imperio, 1875-1914 (Eric Hobsbawn), caracterizada por la división territorial del mundo entre las grandes potencias, en colonias formales e informales y esferas de influencia. Y esta división del mundo tenía, fundamentalmente, una dimensión económica. En ese contexto, el papel de México, como el de otros países de Latinoamérica, era la producción de materias primas para beneficio de los imperios: México era una semicolonia cuyos principales recursos y cuya infraestructura (petróleo, minerales preciosos e industriales, henequén, caucho natural, industrias eléctrica y textil, bancos, ferrocarriles) estaban en manos de trasnacionales, que poco dejaban a cambio del saqueo, todo lo cual se justificaba con un discurso pretendidamente científico: las leyes inexorables de la ciencia dictaban que así tenía que ser.

El porfiriato construyó un régimen de privilegio fortaleciendo a la clase dominante, formada por los latifundistas y los operadores del gran capital imperialista. Ahora bien, considerando la debilidad crónica del Estado mexicano y en las circunstancias mundiales mencionadas, Díaz no tenía mucho de donde elegir. Y también es cierto que a fines del periodo, con un Estado más fuerte, Díaz trató de poner límites a los intereses imperialistas. Es probable que Díaz no tuviera mucho margen de maniobra, pero hoy no hay necesidad de volver a entregar nuestro petróleo según aquel modelo (que nos costó 30 años revertir); ni tampoco son necesarios los atroces mecanismos con los que funciona la minería en manos de trasnacionales.

Y no podemos eludir otros aspectos en que el porfiriato actuó como operador del imperialismo: el discurso de la necesidad científica para justificar sus decisiones; la supresión de libertades, la falta de democracia tras una fachada de normalidad institucional y electoral, la polarización económica que empobreció aún más a los pobres, la auténtica esclavitud humana en algunas regiones del país, los salarios de hambre, la ausencia de derechos laborales y la guerra de exterminio (genocida) contra yaquis, mayas, apaches y comanches. Quizá puedan entenderse algunos de esos aspectos en su contexto, entonces. Hoy no. A veces parece que la actual clase gobernante quiere revivirlos, además de entregar nuestro petróleo.

Publicar un comentario

0 Comentarios