Cada cierto tiempo alguien anuncia el fin del ciclo de derecha en el mundo. Conviene desconfiar de ese pronóstico: los datos de los últimos dos años sugieren que se trata de algo más estructural que una racha electoral.
En Europa, la ultraderecha lidera las encuestas en Alemania, Francia y Austria de cara a los comicios de 2026, mientras gobiernos de distinto signo han sido castigados en las urnas en Alemania, República Checa y Países Bajos. En América Latina, el "superciclo electoral" de 2026 —con elecciones en Brasil, Colombia, Costa Rica, Perú y Haití— se produce después de que en 2025 ganaran Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile y Nasry Asfura en Honduras, en votaciones de castigo contundente a los oficialismos salientes.
La explicación más cómoda —que se trata de un fenómeno homogéneo de extrema derecha antidemocrática— no resiste el análisis comparado. El Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona (CIDOB) distingue al menos cuatro corrientes dentro de la derecha global, con actitudes muy distintas hacia las instituciones occidentales: desde la derecha libertaria que se alinea con el FMI y el Banco Mundial —el caso de Milei, quien viajó a Washington a comprometerse con esos organismos apenas asumió— hasta el populismo nativista que sí representa un desafío a la unidad democrática occidental. Tratar a Kast, Bukele y Trump como una sola fuerza ideológica homogénea simplifica un fenómeno que es, en realidad, una familia de reacciones distintas a un mismo malestar.
Ese malestar tiene un denominador común: bajo crecimiento económico, alza del costo de la vida e inseguridad. Son los mismos factores que explican tanto el giro a la derecha en Argentina o Chile como la caída de gobiernos por protestas de la Generación Z en Nepal, Perú o Madagascar. La diferencia es que, mientras las protestas juveniles derriban gobiernos sin ofrecer todavía una alternativa política articulada, la derecha ha sabido capitalizar electoralmente ese hartazgo con promesas de mano dura, disciplina fiscal y orden.
Nada de esto es irreversible. Analistas del Real Instituto Elcano advierten que la volatilidad del voto en América Latina es tan alta que hace apenas un lustro castigaba a la derecha y hoy castiga a la izquierda; si Lula gana en Brasil y la izquierda retiene Colombia, la narrativa de un giro regional unánime quedará matizada. Lo que sí parece asentado es la pérdida de peso del centro político como espacio de negociación, y eso, más que el color de cada gobierno en turno, es el cambio de fondo que define esta época.
Fuentes: CIDOB, J.P. Morgan Private Bank América Latina, Real Instituto Elcano, Infobae/The Economist.
