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¿Puede el mundo ponerse de acuerdo para regular la inteligencia artificial?




El 6 de julio de 2026 comienza en Ginebra el primer Diálogo Mundial de la ONU sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial. Llega precedido de una advertencia poco habitual en el lenguaje diplomático: el secretario general, António Guterres, ha dicho sin rodeos que cuanto más avance la IA sin normas compartidas, menos capacidad de decisión tendrán los gobiernos y las personas sobre el resultado.

El diagnóstico de fondo, recogido en el informe preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre IA de la ONU, es incómodo: existen ya más de 40 marcos de gobernanza y directrices éticas sobre inteligencia artificial en el mundo, pero están fragmentados, son inconsistentes y rara vez se someten a prueba real. Además, la mayoría de las evaluaciones de seguridad las hacen las propias empresas que desarrollan la tecnología, lo que plantea un conflicto de interés estructural.

Aquí es donde arranca el verdadero debate, porque no todos los actores quieren el mismo tipo de regulación. La Unión Europea ha optado por el modelo más ambicioso: su Ley de IA clasifica los sistemas por nivel de riesgo y ya tiene calendario de aplicación hasta 2028, aunque en mayo de 2026 aceptó "simplificar" varias de sus normas ante la presión de la industria. Estados Unidos y China, que juntos concentran cerca del 90% de la capacidad de cómputo mundial para IA de frontera, avanzan con muy poca regulación vinculante, apostando a que la velocidad de desarrollo importa más que las salvaguardas. Y el resto del mundo —lo que el informe de la ONU llama el "sur global"— corre el riesgo real de quedar excluido de la conversación: la mayoría de los países carecen de la infraestructura, el talento técnico y los recursos en idiomas locales para auditar, adaptar o simplemente entender los modelos que ya están usando.

La cumbre de Nueva Delhi en febrero de 2026 fue un anticipo de lo que puede pasar en Ginebra: mucho discurso de cooperación y un consenso, en palabras de analistas del sector, "más declarativo que vinculante". Quienes defienden la regulación estricta argumentan que sin reglas comunes la IA amplificará desigualdades y erosionará la rendición de cuentas democrática. Quienes prefieren la flexibilidad normativa sostienen que regular demasiado pronto, sin evidencia suficiente, puede frenar innovación que después resulta imposible de recuperar frente a competidores menos regulados. Ambos bandos tienen razón en parte, y esa es precisamente la razón por la que, después de Ginebra, es más probable que el mundo termine con reglas regionales distintas que con un marco verdaderamente global.

Fuentes: Noticias ONU, Euronews, Infobae, Comisión Europea (Digital Strategy), Abrecht Group.