Durante años, la imagen dominante de Silicon Valley fue la de un progresismo cultural tecnológico: libertad de expresión, globalismo, meritocracia digital. Esa imagen ya no describe con precisión al sector. Analistas políticos identifican hoy una corriente identificable —la "derecha de Silicon Valley"— que pasó de ser una fuerza marginal a convertirse en un actor central de la política estadounidense, con figuras como Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen, David Sacks y Palmer Luckey construyendo lo que un análisis publicado por China US Focus describe como un complejo tecno-político sin precedentes en la historia del país.
El sustrato ideológico de este movimiento no es homogéneo, pero comparte un núcleo identificable. Una de sus corrientes más influyentes es la neorreacción o "NRx", articulada originalmente por el ingeniero Curtis Yarvin —bajo el seudónimo Mencius Moldbug— y el filósofo británico Nick Land. Sus premisas centrales son explícitamente antidemocráticas: sostienen que la democracia liberal es ineficiente por diseño y proponen sustituir los sistemas de gobierno tradicionales por estructuras administradas como empresas, con ejecutivos tecnológicos al frente en lugar de líderes electos. Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los primeros inversores de Facebook, ha financiado campañas políticas de ultraderecha y ha declarado públicamente que ya no considera que la libertad y la democracia sean compatibles, una postura que combina con un libertarianismo radical y la idea de que el mayor problema de la humanidad es el "estancamiento tecnológico".
Este entramado ideológico se ha materializado en proyectos concretos. El concepto de "Estado red" (network state), popularizado por el emprendedor Balaji Srinivasan y con eco directo en el entorno de Thiel, propone la creación de comunidades digitales-primero que eventualmente buscarían soberanía territorial propia, una idea que analistas han vinculado con el renovado interés de la administración Trump por adquirir Groenlandia. En el plano más inmediato, empresas como Palantir —cofundada por Thiel— han pasado de ser proveedoras marginales del gobierno estadounidense a concentrar miles de millones de dólares en contratos de defensa y vigilancia de datos.
Los críticos de este fenómeno —entre ellos historiadores como Quinn Slobodian— advierten que se trata de una ideología que combina utopismo tecnológico con jerarquías sociales tradicionales, y que representa un riesgo genuino para las instituciones democráticas liberales tal como se conocen desde la posguerra. Quienes defienden esta corriente, en cambio, sostienen que las democracias occidentales se han vuelto excesivamente burocráticas y lentas para gestionar la innovación tecnológica, y que un liderazgo más tecnocrático y orientado a resultados —aunque menos deliberativo— podría resolver problemas que la política tradicional lleva décadas sin resolver. Lo que resulta indiscutible, más allá de qué lado tenga razón, es que esta corriente dejó de ser una curiosidad marginal de foros de internet para convertirse en una fuerza con acceso directo al poder político y económico más alto de Estados Unidos.
Fuentes: El Diario.es (The Guardian), El Orden Mundial, Jacobin Revista, Infobae, China US Focus, The New Republic, Fortune.