Durante casi cuatro décadas, desde Chernóbil y sobre todo tras Fukushima en 2011, la energía nuclear cargó con un estigma casi imposible de revertir en la opinión pública global. En 2026, ese consenso se quebró: gobiernos de Asia, Europa y América avanzan de forma simultánea en la construcción de nuevos reactores, y la discusión pública dejó de ser si la energía nuclear es aceptable para convertirse en si el mundo puede permitirse prescindir de ella.
Los números respaldan el giro. Según la Organización Internacional de Energía Atómica, hay actualmente 415 reactores en operación en más de 30 países, con 73 unidades adicionales en construcción, y la inversión nuclear global —que ronda los 65,000 millones de dólares anuales— podría casi duplicarse hasta 120,000 millones para 2030 si se cumplen los compromisos ya anunciados. China lidera esta expansión de forma contundente: concentra cerca de la mitad de todos los reactores en construcción en el mundo y está en camino de superar tanto a Estados Unidos como a Europa en capacidad instalada antes de que termine la década.
El argumento a favor de este resurgimiento combina dos factores que antes se consideraban incompatibles: seguridad energética y descarbonización. La invasión rusa de Ucrania expuso la vulnerabilidad de países como Alemania, que tras Fukushima abandonó la energía nuclear apostando por renovables y gas ruso barato; al desaparecer esa segunda pieza del equilibrio, quedó al descubierto la fragilidad de ese modelo energético, mientras Francia —que mantuvo su capacidad nuclear— logró amortiguar mejor el impacto. A esto se suma una demanda eléctrica que crece de forma acelerada por la digitalización, los centros de datos y la inteligencia artificial, factores que la Agencia Internacional de Energía describe como el motor central del "reinicio masivo" nuclear previsto para 2026.
Pero el debate está lejos de ser unánime. Las limitaciones estructurales son reales: la producción de uranio está fuertemente concentrada —Kazajistán representa 43% de la extracción mundial—, los plazos de construcción y los costos iniciales siguen siendo elevados, y persisten desafíos no resueltos en materia de residuos radiactivos y aceptación social, particularmente en países con memoria reciente de accidentes nucleares. Organizaciones ambientalistas como Greenpeace sostienen que países como España y Portugal podrían alcanzar cero emisiones para 2040 sin depender de la energía nuclear, apostando en cambio por reducir la demanda energética y expandir renovables. El debate, en el fondo, ya no es ideológico sino de cálculo de riesgos: qué combinación de fuentes energéticas ofrece mayor seguridad de suministro con el menor costo ambiental y financiero, y esa ecuación empieza a arrojar resultados distintos a los que dominaron el debate energético de la última década.
Fuentes: Prensa Latina, Kaizen, Dynatec, Gizmodo en español, El Periódico de la Energía, U-238, Excélsior.
