El socialismo suele presentarse como una doctrina política, pero opera también como un relato emocional profundamente arraigado en la psicología humana.
Su núcleo promete un mundo más justo, donde las desigualdades extremas desaparecen y quienes menos tienen reciben reparación. Esa promesa no se limita a ofrecer “cosas gratis”, sino a restituir lo que se percibe como un daño acumulado por el abuso de poder económico. La idea de “tomar de los ricos para dar a los pobres” sintetiza una narrativa de justicia retributiva muy sencilla, casi intuitiva. Por eso funciona como un mensaje intrínsecamente popular, difícil de contrarrestar con argumentos puramente racionales o tecnocráticos.
La comparación con la idea del “más allá” ayuda a entender esta fuerza. Casi todas las religiones, surgidas en contextos culturales distintos, coinciden en imaginar un plano posterior donde la injusticia presente se corrige. Esa promesa responde a un miedo estructural: la muerte, la pérdida de sentido, la imposibilidad de aceptar que la vida acabe en la nada. Desde este ángulo, la pregunta no es por qué a la mayoría le atrae el más allá, sino por qué un grupo minoritario —los ateos convencidos— renuncia a esa fuente de consuelo. Algo similar ocurre con el socialismo: lo extraño no es que resulte seductor, sino que haya quienes lo rechacen frontalmente pese a su aparente carga moral positiva.
El núcleo psicológico que sostiene esa seducción es el instinto de equidad. La etología y la psicología evolucionista han mostrado que la sensibilidad ante el reparto desigual no es un invento moderno. El célebre experimento de Frans de Waal con monos capuchinos, que reaccionan con rabia cuando reciben menos recompensa que sus compañeros, suele citarse como ejemplo de esa raíz biológica. Cualquier padre reconoce la escena doméstica: hermanos que protestan porque “a él le diste más”. Esa reacción aparece sin necesidad de educación política ni formación ideológica sofisticada. La consigna redistributiva del socialismo se engancha precisamente en ese resorte intuitivo, con una eficacia comunicativa notable.
Por eso no sorprende que ideas de corte “socialista” aparezcan mucho antes del siglo XIX y fuera del marxismo. En la República de Platón, los guardianes debían vivir sin propiedad privada, compartir mujeres e hijos y someterse a una estricta igualdad de condiciones. En la historia del cristianismo, múltiples corrientes heréticas impulsaron formas de comunidad de bienes y rechazo a la acumulación, desde ciertas prácticas del cristianismo primitivo hasta movimientos como cátaros, valdenses o anabaptistas. En el siglo XX, experiencias como los kibutzim israelíes o las comunas hippies reinventaron ese ideal comunitario. Las formas históricas cambian, pero la aspiración a una igualdad radical vuelve una y otra vez como un leitmotiv ideológico.
En términos de poder, esta persistencia tiene implicaciones políticas profundas.
Quien logra colocarse como intérprete legítimo del “sentimiento de injusticia” gana una enorme ventaja simbólica. El socialismo, en sus diversas variantes, ofrece un marco en el que los ricos aparecen como usurpadores y los pobres como víctimas merecedoras de reparación. Esa arquitectura moral permite organizar el descontento, canalizar la frustración y disputar la legitimidad de las élites económicas. La lucha política se convierte, entonces, en un combate entre quienes dicen defender la igualdad y quienes aparecen como defensores del privilegio, incluso cuando estos últimos intentan matizar la discusión con argumentos económicos complejos.
La comunicación contemporánea refuerza este efecto. En redes sociales, la lógica del eslogan, el meme y el mensaje breve favorece narrativas simples, de trazo grueso, donde la complejidad institucional pierde atractivo. “Quitar a los de arriba para ayudar a los de abajo” cabe en un tuit, en una pancarta, en un video de quince segundos. Las defensas del mercado, del estado de derecho o de la propiedad privada se apoyan en razonamientos más largos, técnicos, llenos de matices. En una arena saturada de estímulos, la promesa igualitaria funciona como un atajo cognitivo y afectivo. No solo dice “serás materialmente mejor”, también afirma “serás tratado con la dignidad que te han negado”.
A pesar de las catástrofes asociadas a muchos experimentos socialistas en el poder, la ideología conserva un halo moral relativamente benévolo. Mientras otras doctrinas se asocian rápidamente con violencia o autoritarismo, en el caso del socialismo el juicio público tiende a separar la idea pura de sus prácticas históricas. Se dice que “el problema no fue el ideal, sino su implementación”. El resultado es una suerte de inmunidad parcial: los fracasos se atribuyen a traiciones, desviaciones o contextos hostiles, no a la lógica interna del proyecto. La promesa de igualdad funciona como un escudo simbólico que atenúa la crítica y mantiene viva la fe en que “la próxima vez será distinta”.
El recambio generacional refuerza este ciclo.
Las generaciones que vivieron de primera mano las penurias, censuras y violencias de los regímenes socialistas tienden a desarrollar una visión más escéptica. Sin embargo, cuando ese recuerdo se diluye y solo permanece el relato idealizado, la idea vuelve a ganar terreno entre jóvenes para quienes la palabra “socialismo” evoca justicia, solidaridad y comunidad, no desabasto ni represión. El patrón parece repetirse: entusiasmo, experiencia traumática, reacción crítica, olvido parcial y nuevo entusiasmo. La ideología opera como un “atractor” psicológico al que se regresa una y otra vez, especialmente cuando las desigualdades aumentan y las élites parecen distantes o corruptas.
Pensar el socialismo como un “más allá secular” no implica celebrarlo ni demonizarlo, sino comprender su gramática emocional y comunicativa. Un sistema democrático que ignora la fuerza de la aspiración igualitaria se vuelve incapaz de responder políticamente a los malestares que la alimentan. Del otro lado, una izquierda que confía únicamente en la pureza moral de su ideal sin hacerse cargo de los fracasos históricos repite errores y renuncia a un análisis serio del poder que ejerce cuando gobierna. La discusión ideológica relevante quizá no sea si la igualdad importa, sino cómo se la persigue sin sacrificar libertad, pluralismo ni memoria. En ese cruce tenso entre poder, política y comunicación se juega buena parte del debate público por venir.
Texto inspirado en: Coleman Hughes, “Socialism isn’t making a comeback”, publicado en Substack. Disponible en: https://colemanhughes.substack.com/p/socialism-isnt-making-a-comeback
Texto inspirado en: Coleman Hughes, “Socialism isn’t making a comeback”, publicado en Substack. Disponible en: https://colemanhughes.substack.com/p/socialism-isnt-making-a-comeback
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