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martes, noviembre 25, 2025

La maldición del hombre-mono: evolución, sufrimiento mental y poder contemporáneo

 En La maldición del hombre-mono, Emiliano Bruner sostiene una tesis tan incómoda como sugerente: nuestra mente rumiante no es un fallo, sino el precio evolutivo de nuestro éxito como especie. 


Ser “simios emocionales y obsesivos”, capaces de proyectar pasado y futuro, habría impulsado nuestra complejidad social y cultural, pero a costa de un notable deterioro del bienestar psicológico. La evolución, dice, “gana”: ahí están miles de generaciones de humanos reproduciéndose. El individuo, en cambio, queda atrapado en una maquinaria mental que compara sin tregua lo que es con lo que podría ser. De ahí emerge una insatisfacción crónica que, lejos de ser un accidente, forma parte del paquete.

Bruner describe el “rumiar mental” como una avalancha de recuerdos, previsiones, imágenes y palabras que generan mundos que no existen, deseos que no se satisfacen, miedos que no se concretan. Nuestra imaginación fabrica una realidad mejor —o peor— que la presente, y el cerebro se especializa en esa comparación interminable. Desde la comunicación política hasta la publicidad, se explota precisamente esa brecha entre lo vivido y lo imaginado. El malestar no surge solo de lo que nos ocurre, sino de la historia interna que nos contamos sobre lo que “debería” ocurrir. El relato interior se convierte así en una fuente de sufrimiento tan poderosa como cualquier circunstancia externa.

Cuando habla de “inflamación psicológica crónica”, Bruner insiste en que no se trata de un fenómeno exclusivo del capitalismo tardío o de las redes sociales. Es, a su juicio, un componente de nuestra historia natural al menos desde hace 50.000 años. Lo que varía, según el modelo social y el momento histórico, es la manera de expresar y canalizar ese desasosiego ontológico: mitos, religiones, filosofías, terapias, consumos. El hecho de que distintas tradiciones culturales hayan elaborado diagnósticos similares sobre la inquietud humana sugiere, para él, una raíz evolutiva común. Hoy, sin embargo, la escala global y la hiperconectividad amplifican el ruido de fondo de esa ansiedad.

En este punto, el análisis de Bruner se desplaza hacia el terreno del poder. Política, religión y mercado, afirma, han prosperado y prosperan explotando esta vulnerabilidad: miedos, esperanzas, emociones conflictivas y desamparo existencial se convierten en combustible de autoridad. Si se curan solo los síntomas —alivios parciales, promesas de salvación, consumo anestésico— sin tocar las causas profundas, “el problema persiste y los curanderos ganan poder”. La lógica es conocida: mantener al sujeto lo suficientemente inquieto como para necesitar guía, pero lo bastante contenido como para no rebelarse contra quien administra la cura. La insatisfacción crónica se vuelve una infraestructura útil para los gestores del orden.

La dimensión comunicativa de esa dinámica es central. El malestar evolutivo no llega a nosotros en crudo, sino mediado por narrativas que lo nombran, lo ordenan y lo encauzan: diagnósticos clínicos, discursos religiosos, campañas políticas, lemas de autoayuda. Cada relato ofrece un encuadre diferente: pecado, trastorno, falta de productividad, crisis espiritual, “mala vibra”. Quien logra imponer su vocabulario del sufrimiento orienta también las posibles salidas: medicación, consumo, obediencia, introspección, militancia. La batalla por la salud mental es también una disputa por el lenguaje con el que describimos nuestra condición de “monos inteligentes y tristes”. 

Bruner introduce aquí una distinción que descoloca cierta épica contemporánea de la inteligencia. Advierte que lo que solemos llamar “inteligencia” —la capacidad para resolver problemas— no se traduce necesariamente en bienestar. Propone rescatar, en cambio, la noción de sabiduría como habilidad para evitar problemas antes de que aparezcan. Un cerebro capaz de anticipar mil escenarios puede convertirse en un productor profesional de preocupaciones. Sin una educación de la atención, esa potencia cognitiva es combustible para la ansiedad. Y en un sistema que premia competitividad, hiperproductividad e innovación constante, la rumia mental se confunde fácilmente con virtud: estar siempre “pensando en algo” parece deseable, aunque nos desgaste.

Frente a esta “programación cruel”, Bruner no ofrece soluciones mágicas, pero sí sugiere una doble vía: compromiso individual y responsabilidad colectiva. Por un lado, prácticas como la meditación, entendida como entrenamiento de la atención, han sido reinventadas una y otra vez en distintas culturas como respuesta a este desajuste entre mente y mundo. Por otro, insiste en que las sociedades pueden y deben normalizar hábitos que impulsen formas de vida más conscientes, desde la educación hasta las políticas públicas. El riesgo, de nuevo, es que esas herramientas se integren en el mercado del bienestar como otro producto más, sin cuestionar las estructuras que se alimentan de nuestra inquietud.

La “maldición del hombre-mono” no es, en este enfoque, una condena sin salida, sino un punto de partida incómodo: estamos hechos para sufrir cierta dosis de ansiedad, pero también para comprenderla y modularla. La pregunta política y comunicativa es qué se hace con ese dato: si se explota para consolidar poderes que ofrecen alivios precarios, o si se convierte en ocasión para redefinir nuestras instituciones, nuestros vínculos y nuestra alfabetización emocional. Habitar esta tensión implica aceptar que nunca tendremos una mente en silencio absoluto, pero sí podemos decidir qué relatos reforzamos y a quién le entregamos la autoridad de contarnos quiénes somos y qué nos pasa.


Artículo basado en la entrevista a Emiliano Bruner, «Curando los síntomas pero no las causas, el problema persiste, y los curanderos ganan poder», publicada en Revista Mercurio el 8 de octubre de 2025.

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