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martes, noviembre 25, 2025

True crime y curiosidad humana: del miedo al deseo de control

El auge del true crime no se explica solo por el morbo ni por la saturación de contenidos sobre asesinos en serie en las plataformas de streaming. 




Es un género que conversa directamente con nuestra curiosidad más profunda y con el miedo a convertirnos en víctimas en un mundo percibido como peligroso. El éxito de series sobre criminales como Jeffrey Dahmer, convertidas en fenómenos globales, revela algo más que una moda pasajera: muestra cómo el relato del crimen real se ha vuelto un laboratorio emocional donde ensayamos respuestas frente al riesgo, la violencia y el poder. 

La psicología de la curiosidad ofrece una clave potente para entender esta atracción. El psicólogo Todd B. Kashdan plantea que existen cinco grandes categorías de curiosidad que van desde la exploración lúdica hasta la búsqueda de experiencias intensas. El true crime las articula casi todas: invita a explorar detalles, escenarios y pruebas; activa la necesidad de sentir que tenemos cierto control sobre lo que nos podría pasar; exige tolerar el estrés narrativo de un misterio por resolver; alimenta la curiosidad social por comprender hasta dónde puede llegar la mente humana; y propone emociones que, en la vida cotidiana, difícilmente nos atreveríamos a experimentar. 

Los datos revelan, además, una dimensión de género que no es menor. Un estudio citado por La Vanguardia indica que alrededor del 70 % del público del true crime son mujeres, frente a un 30 % de hombres. Para la psicóloga Ciara Molina, una de las claves está en el instinto de supervivencia: muchas espectadoras consumen estas historias para aprender a reconocer señales de peligro y saber cómo reaccionar si se vieran en una situación similar. El conocimiento, en este contexto, no es neutramente informativo: es una herramienta de protección en un entorno donde la violencia contra las mujeres es un problema estructural. La pantalla se convierte, así, en un simulador de escenarios amenazantes.

Esa relación entre saber y seguridad se condensa en una idea central: “el conocimiento es poder” y el miedo nace de la ausencia de información. Cada documental, cada serie, ofrece un mapa narrativo de riesgos, patrones de conducta, señales de alerta. Ante la sensación difusa de inseguridad, el true crime funciona como un curso informal de autodefensa psicológica. No solo nos dice qué le pasó a una víctima; sugiere qué no deberíamos hacer, con quién no deberíamos confiar, qué comportamientos podrían salvarnos. En ese cruce, comunicación y poder se encuentran: quien narra el crimen distribuye una forma específica de comprender el peligro y, por tanto, de habitar el espacio público.

Hay también una dimensión cognitiva que explica el “enganche” del género. A diferencia de otros contenidos que se consumen de fondo, el true crime exige una atención sostenida. Como señala el psicólogo Dean Fido, son historias construidas como grandes rompecabezas narrativos: hay pistas, contradicciones, giros de guion que obligan a dejar el móvil y seguir cada detalle para no perderse una pieza clave. En la economía de la atención digital, esto es oro puro: un formato capaz de retenernos durante horas, generando conversación en redes, teorías de espectadores y comunidades que se sienten co-investigadoras del caso.

La curiosidad social es otro motor decisivo. El true crime nos permite observar la mente humana en sus extremos: el victimario que cruza límites morales impensables, la víctima atrapada en una red de poder desigual, las instituciones que responden —bien o mal— al delito. Las historias reales de crímenes abren un espacio para discutir culpa, responsabilidad, justicia y castigo desde el sofá de casa. La escritora Roz Watkins subraya que estas narrativas nos dejan “experimentar y aprender” de situaciones terribles sin estar nunca en un peligro real, funcionando como una especie de simulación moral en la que probamos respuestas y juicios éticos sin pagar el costo de la experiencia directa. 

Desde una perspectiva de poder y política, el género true crime nunca es inocente. Cada relato propone una visión particular sobre policías, jueces, medios de comunicación y sistema penal. Algunas producciones refuerzan la confianza en la investigación criminal y la capacidad del Estado para protegernos; otras, en cambio, exhiben errores, negligencias o sesgos institucionales que alimentan la desconfianza. Según cómo se cuente el caso, el espectador saldrá pidiendo más mano dura, más vigilancia, o más escrutinio crítico sobre quienes ejercen el poder punitivo. La narrativa del crimen es también una narrativa sobre quién tiene derecho a la violencia legítima.

Esta tensión se vuelve especialmente visible cuando el foco recae en víctimas pertenecientes a grupos vulnerables: mujeres, minorías, personas en situación de pobreza. El true crime puede, por un lado, dignificar sus historias y señalar las estructuras que facilitaron el crimen; por otro, corre el riesgo de convertir su sufrimiento en entretenimiento seriado. Mientras el género alimenta nuestra curiosidad y nos da herramientas simbólicas para enfrentar el miedo, también plantea dilemas éticos sobre el uso mediático del dolor ajeno. La forma en que se construyen los personajes, se editan las escenas y se distribuyen responsabilidades revela una ideología de fondo sobre quién merece empatía y quién es reducido a monstruo.

En última instancia, el éxito del true crime habla tanto de nuestra curiosidad como de nuestras inseguridades colectivas. Nos asomamos a la oscuridad para sentir que la controlamos; consumimos relatos de violencia para negociar con el miedo; convertimos la investigación criminal en una serie adictiva porque allí confluyen emoción, conocimiento y deseo de protección. Entender este fenómeno implica asumir que no se trata solo de “morbo”, sino de una forma específica de comunicación del peligro y del poder. La cuestión no es si debemos ver o no true crime, sino cómo lo hacemos: con qué conciencia crítica, qué respeto por las víctimas y qué lectura política de los relatos que nos prometen seguridad mientras nos recuerdan lo vulnerables que somos.

Artículo basado en “Por qué las mujeres están más enganchadas a las series de crímenes reales”, publicado en La Vanguardia, sección Series, el 21 de octubre de 2022.

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