Cuando la tribu piensa por ti: creencias como racionalización de lealtades - Explica

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martes, enero 13, 2026

Cuando la tribu piensa por ti: creencias como racionalización de lealtades

La imagen romántica del ciudadano que primero reflexiona y luego, tras un examen racional de los hechos, elige sus creencias políticas, rara vez se sostiene empíricamente. 

La tesis que plantea el hilo de G. S. Bhogal va en sentido contrario: lo que solemos llamar “creencias” son, muy a menudo, racionalizaciones posteriores de una lealtad grupal ya asumida. Primero se elige la tribu; después se deduce qué pensar. En lugar de individuos aislados que agregan opiniones, tenemos identidades previas que organizan el pensamiento político y moral.

Este giro de perspectiva tiene implicaciones directas para el poder y la política. La pertenencia a un grupo no es solo un dato afectivo, sino una infraestructura de sentido: marca aliados y enemigos, dicta lo decible, establece lo que “gente como nosotros” puede defender sin traicionarse. La persona no se pregunta tanto “¿qué es verdadero?” como “¿qué postura mantiene la coherencia con mi gente?”. La lealtad grupal, con su promesa de reconocimiento y protección simbólica, pesa más que la consistencia lógica de cada argumento. Desde ahí, muchas discusiones públicas aparecen menos como debates de ideas y más como rituales de pertenencia.

Bhogal describe este mecanismo con un ejemplo provocador: alguien se sabe “proelección” y “procontrol de armas” y, a partir de esa doble seña de identidad, concluye que “debería” ser también “pro-Palestina”, no porque haya estudiado a fondo el conflicto, sino porque observa que quienes comparten sus primeras dos posiciones suelen sostener la tercera. La clave está en la inferencia: no se parte de los hechos de cada tema, sino del patrón estadístico de la tribu. Se compra un paquete ideológico, como si la identidad política fuera una suscripción que viene con un catálogo completo de posturas preinstaladas.

La metáfora de las “creencias autorregresivas, como si fuéramos LLM”, apunta en la misma dirección. Un modelo de lenguaje predice la siguiente palabra a partir de las anteriores; del mismo modo, el sujeto político predice su siguiente postura a partir del historial de etiquetas que ya lo definen. “Dado que soy esto y esto, probablemente también deba ser aquello”. El entorno comunicativo refuerza este algoritmo rudimentario: burbujas informativas, hashtags, consignas y alineamientos mediáticos que simplifican el paisaje y convierten los matices en sospecha de traición. Lo importante no es tanto comprender, como no desentonar.

En la esfera pública, las consecuencias son evidentes. Se adoptan posiciones sobre asuntos extremadamente complejos —desde guerras hasta debates bioéticos— con una comprensión superficial o nula del problema, pero con una sensibilidad finísima para las señales identitarias. Importa poco el conocimiento de contexto; importa mucho quién aparece del lado de cada consigna. El resultado es una conversación política que se enciende rápido, pero ilumina poco: las posturas se vuelven marcadores de pertenencia, y la posibilidad de revisar creencias frente a argumentos sólidos se percibe como una amenaza al vínculo con la tribu, no como un ejercicio de responsabilidad intelectual.

Para los actores que buscan poder, esta dinámica ofrece oportunidades evidentes. Partidos, movimientos, influencers y medios aprenden a hablarle a identidades preconfiguradas, usando combinaciones de temas que funcionan como llaves de acceso. La lógica de la comunicación política se desplaza de la persuasión argumentada hacia la activación emocional de la pertenencia: indignación compartida, orgullo compartido, agravios compartidos. Quien domina el arte de señalar “nosotros” frente a “ellos” puede imponer líneas de pensamiento que serán aceptadas casi automáticamente por quienes necesitan, ante todo, mantener intacta su afiliación simbólica.

Las plataformas digitales, con sus algoritmos de recomendación, cierran el círculo. Si el usuario ya ha dado pistas sobre su tribu —a quién sigue, qué comparte, qué rechaza—, el sistema le presentará contenidos que refuercen ese perfil y lo lleven a completar el paquete de creencias coherente con su burbuja. La comunicación se convierte así en un mecanismo de retroalimentación que endurece las fronteras entre grupos y reduce el espacio para posiciones heterodoxas, híbridas o incómodas. La política se llena de “líneas de partido” informales, mantenidas no solo por organizaciones formales, sino por comunidades digitales que sancionan la desviación.

La pregunta, entonces, no es si podemos escapar totalmente a la lógica tribal —somos animales sociales, no cerebros en el vacío—, sino cómo hacemos para que la pertenencia no anule la reflexión. Una vía pasa por reconocer la existencia de este “piloto automático identitario” y aprender a desconfiar de la comodidad que proporciona. Otra, por cultivar espacios de comunicación donde cruzar fronteras ideológicas no implique una expulsión inmediata, y donde sea posible disentir de la tribu sin ser expulsado del círculo. La democracia necesita menos espectadores que repitan el guion de su grupo y más ciudadanos capaces de reescribirlo.

En última instancia, el hilo de Bhogal nos obliga a mirar de frente el cruce entre poder, política y comunicación. Si nuestras creencias se ajustan, sin que lo notemos, a patrones de identidad que otros diseñan y explotan, la autonomía del juicio se vuelve una aspiración frágil. Tal vez la tarea sea aprender a detectar cuándo opinamos como un modelo autorregresivo, encadenando etiquetas, y cuándo nos permitimos el lujo —costoso, pero necesario— de pensar contra la corriente de nuestra propia tribu. Solo ahí, en esa incomodidad, empieza a haber algo parecido a una creencia verdaderamente propia.

Créditos de la fuente:
Artículo basado en una publicación de G. S. Bhogal en X (antes Twitter), disponible en: https://x.com/g_s_bhogal/status/1977773277108900066

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