Por qué el ateísmo no es una religión, ni siquiera metafórica - Explica

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martes, enero 13, 2026

Por qué el ateísmo no es una religión, ni siquiera metafórica

Decir que “el ateísmo es una religión” se ha vuelto un lugar común en ciertos debates públicos. La frase funciona como un golpe rápido: si el ateo también “tiene su religión”, entonces no habría una diferencia relevante entre creer y no creer. 

El filósofo Philippe-Antoine Hoyeck sostiene, sin embargo, que esa equivalencia es conceptual y estratégicamente errónea. A su juicio, el ateísmo no cumple ninguno de los criterios que aplicamos a las religiones, ni en sentido literal ni en un sentido figurado mínimamente riguroso. Llamarlo religión no aclara nada; más bien oscurece el terreno de la discusión.

El primer paso es definir qué estamos discutiendo cuando hablamos de “ateísmo”. Hoyeck recuerda que hay al menos dos usos extendidos del término: para algunos filósofos, el ateísmo es la creencia positiva de que no existe Dios; para mucha gente, en cambio, es simplemente la falta de creencia en un dios o dioses, por ausencia de buenas razones para creer. En ambos casos se trata de una actitud doxástica frente a una proposición concreta: “Dios existe”. Nada en esa definición implica prácticas rituales, calendarios sagrados, templos, clero o estructuras comunitarias. Es, en ese sentido, un posicionamiento filosófico, no un sistema de vida organizado.

Con la palabra “religión” la cosa se complica un poco más, pero no tanto como algunos manuales de teoría quisieran. Hoyeck recurre a definiciones de diccionario que hablan de un sistema de actitudes, creencias y prácticas centrado en el servicio o la adoración de una realidad sobrenatural. A partir de ahí introduce la idea de “parecido de familia”: religiones muy distintas —judaísmo, cristianismo, islam, hinduismo, budismo, confucianismo— comparten una red de semejanzas que incluye apelación a lo trascendente, rituales, lugares de culto, autoridades, textos, tiempos sagrados. No es una lista cerrada, pero sí un patrón reconocible de instituciones, prácticas y símbolos.

Con esos dos bloques conceptuales sobre la mesa, la pregunta central se contesta casi sola: ¿es el ateísmo una religión, en sentido literal? La respuesta del autor es un “no” rotundo. El ateísmo, entendido como falta de creencia o como creencia de que no hay Dios, no organiza ritos, no prescribe festividades, no establece jerarquías, no propone una liturgia. Algunas personas ateas sostendrán tesis metafísicas más amplias —materialismo, naturalismo, etcétera—, pero eso las coloca en el terreno de la filosofía, no en el de la religión. Volver “religión” a cualquier doctrina metafísica haría que casi todo, de la mecánica cuántica al determinismo, pasara el filtro.

Los defensores de la tesis “el ateísmo es una religión” suelen entonces refugiarse en un segundo movimiento: “no lo digo literalmente, lo digo en sentido figurado”. En ese uso metafórico, decimos cosas como “el fútbol es su religión” o “sigue la bolsa de valores religiosamente”. Aquí “religión” designa aquello a lo que alguien atribuye importancia suprema o dedica una devoción obsesiva. En ese sentido, es cierto que un ateo puede vivir su ateísmo “religiosamente”; puede organizar buena parte de su identidad en torno a él. Pero, como subraya Hoyeck, eso no autoriza a afirmar que “el ateísmo es una religión” sin más, del mismo modo que ser fanático del béisbol no convierte al béisbol, en general, en una religión.

El problema de fondo es una falacia de equivocación: se desliza sin decirlo de un sentido literal a uno figurado y se finge que hablan de lo mismo. Esa ambigüedad no es inocente en términos de poder y comunicación. Muchos apologistas religiosos, observa Hoyeck, utilizan la frase para hacer una afirmación epistemológica encubierta: que no hay diferencia significativa entre la “fe” del creyente y la “fe” del ateo, que ambos sostienen sus visiones del mundo sin pruebas concluyentes. En vez de discutir seriamente el estatuto de la evidencia, el peso de los argumentos o la carga de la prueba, se recurre a un atajo retórico: “tú también tienes religión, solo que la llamas de otro modo”.

Esta maniobra tiene efectos políticos concretos en la esfera pública. En sociedades que se piensan como laicas o plurales, dónde trazamos la línea entre religión y no-religión afecta a cuestiones tan dispares como la educación, los privilegios fiscales, la representación institucional o la regulación del espacio simbólico común. Si todo sistema de creencias pasa a ser “religión”, entonces la categoría pierde poder descriptivo y se vuelve un arma arrojadiza: sirve para deslegitimar al otro (“tu ateísmo también es dogmático”) sin asumir las asimetrías reales de influencia entre iglesias consolidadas, movimientos laicistas o minorías no creyentes. El lenguaje, en este caso, no solo describe; redistribuye autoridad.

Hoyeck no niega que existan ateos dogmáticos, arrogantes o intelectualmente perezosos; del mismo modo, tampoco ignora que hay creyentes reflexivos, abiertos y autocríticos. Lo que rechaza es la idea de que estos estilos de relación con las propias creencias definan la naturaleza del ateísmo como tal. Confundir el modo en que algunas personas sostienen una postura con la definición misma de esa postura es un error conceptual de base. Lo que está en juego, sostiene, no es ganar una batalla de etiquetas, sino aclarar el marco del desacuerdo para poder discutir aquello que realmente importa: qué razones, argumentos y experiencias justifican —o no— creer en Dios.

Desde esa perspectiva, decir que el ateísmo no es una religión no es un gesto de superioridad, sino un intento de limpiar el terreno de malos argumentos. Quien quiera defender la fe religiosa tendrá que hacerlo en el plano de la epistemología, de la ética, de la experiencia, no en el de los juegos de palabras. Y quien se declare ateo no debería escudarse en una supuesta neutralidad absoluta, sino hacerse cargo de las implicaciones filosóficas de su incredulidad. Solo cuando dejamos de pelear por el uso de la palabra “religión” y empezamos a discutir qué creemos y por qué lo creemos, la conversación entre creyentes y no creyentes tiene alguna posibilidad de volverse intelectualmente honesta y políticamente relevante.

Créditos de la fuente:
Artículo basado en “No, Atheism is Not a Religion – For the Love of God, Stop the Terrible Apologetics”, de Philippe-Antoine Hoyeck, publicado en Footnotes to Plato (Substack) el 23 de octubre de 2025. 

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