¿Realmente el éxito nos destruye? Freud, nuevos datos y un mito - Explica

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martes, enero 13, 2026

¿Realmente el éxito nos destruye? Freud, nuevos datos y un mito

La idea de que el éxito lleva inevitablemente al colapso personal tiene una potencia narrativa enorme.


Desde Freud hasta la cultura pop, se repite la fábula del triunfador que paga su ascenso con depresión, adicciones o soledad. Es también un tipo específico de comportamiento tribal: una forma de conformidad social que nos dice cuánto está permitido desear, cuánta ambición es “sana” antes de volverse sospechosa. Un nuevo estudio psicológico, sin embargo, pone en duda que ese precio sea una ley general de la condición humana.

A comienzos del siglo XX, Freud describió varios casos de personas “destrozadas por el éxito”: pacientes que, tras alcanzar una meta largamente anhelada, se derrumbaban psíquicamente. Décadas después, el fenómeno fue desarrollado por autores como Steven Berglas, que lo definió como la situación en la que las recompensas del éxito exponen al individuo a tensiones tan fuertes que terminan en depresión, autoboicot o conductas autodestructivas. La intuición es seductora: sugiere que existe una especie de castigo interno por acercarse demasiado al sol del reconocimiento, la riqueza o el poder.

El problema, como señalan Harrison J. Kell y sus colegas, es que la fuerza de una anécdota no equivale a la solidez de un patrón estadístico. Para poner a prueba la hipótesis del “wrecked-by-success”, analizaron dos muestras muy particulares: por un lado, tres cohortes del Study of Mathematically Precocious Youth, que reúnen a jóvenes del uno, 0,5 y 0,01 % superior de capacidad cognitiva; por otro, un grupo de 714 estudiantes de doctorado en STEM de élite, seguidos durante décadas hasta llegar aproximadamente a los 50 años.

En ambos estudios, los investigadores dividieron a los participantes según sus ingresos en la madurez: el 25 % con mayores ingresos fue etiquetado como grupo “exitoso excepcionalmente”, mientras que el 75 % restante quedó como grupo “menos exitoso”, aunque todos pertenecían ya a una franja alta de logro profesional. Midieron salud física y mental, ajuste psicológico, hábitos de sueño, consumo de alcohol y tabaco, ejercicio, actitudes ante el envejecimiento y calidad de relaciones familiares. La pregunta era sencilla: ¿están los más exitosos más dañados que sus pares… o no?

Los resultados van a contracorriente del mito freudiano. En prácticamente todos los indicadores, las personas con carreras excepcionalmente exitosas eran más sanas o igual de sanas que sus colegas menos exitosos. Había más individuos sin problemas de salud en el grupo de mayor éxito y, entre quienes sí reportaban dificultades, el recuento de problemas era más bajo que en el resto. Esta tendencia se observó tanto en hombres como en mujeres, aunque con matices interesantes cuando se mira la vida familiar: ellos, en promedio, tenían más hijos biológicos y estaban más a menudo casados; ellas, menos hijos que las mujeres del grupo “menos exitoso”, y con diferencias maritales pequeñas y no siempre significativas.

¿Qué nos dice esto sobre poder y comunicación en torno al éxito? Por un lado, recuerda que el logro profesional suele venir acompañado de recursos protectores: mayor acceso a servicios de salud, más control sobre el propio tiempo, capacidad de delegar tareas, redes de apoyo. Por otro, obliga a desconfiar de la narrativa cómoda según la cual “los ricos y exitosos, en el fondo, son miserables”. Esa narrativa funciona como consuelo ideológico para quienes no acceden a ciertas posiciones y como crítica rápida al capitalismo de alta competición, pero no necesariamente refleja lo que muestran los datos en grupos específicos de alta habilidad.

Los propios autores sugieren una explicación comunicativa a la persistencia del mito: cuando alguien se “rompe” por el éxito, su caso resulta tan llamativo que sobreestimamos su frecuencia. Los colapsos de celebridades, ejecutivos o figuras públicas reciben una enorme atención mediática; las trayectorias relativamente estables y saludables, en cambio, no hacen titulares. Es el clásico sesgo de disponibilidad: recordamos lo espectacular y olvidamos lo cotidiano. Así, el imaginario colectivo se llena de historias de precio devastador por triunfar, mientras los contraejemplos permanecen en la sombra.

Eso no significa que el éxito sea inocuo ni que la hipótesis freudiana deba tirarse al basurero. Lo que estos estudios muestran es que, al menos entre individuos muy dotados y en carreras intelectuales, no hay evidencia de un daño sistemático y generalizado. Otra cosa es qué ocurre en entornos donde el éxito implica sobreexplotación física, precariedad, exposición pública extrema o discriminación; o qué pasa con personas de niveles de capacidad más comunes. El propio diseño del estudio impide establecer causalidad: no sabemos si el éxito protege la salud o si las personas más sanas tienen más probabilidades de sostener carreras brillantes.

En términos políticos e ideológicos, el debate sobre si “el éxito destroza” no es neutro. A veces se usa para alimentar una crítica legítima a modelos laborales que queman a la gente; otras, para deslegitimar cualquier ambición y mantener a raya a quienes podrían disputar espacios de poder. Frente a esa tensión, la evidencia obliga a matizar: ni el éxito es un veneno moral garantizado, ni la carrera hacia la cima está libre de costos, especialmente para las mujeres, que siguen enfrentando dilemas diferentes en la conciliación entre trabajo y familia. Lo que sí parece claro es que necesitamos menos fábulas y más datos para pensar cómo diseñamos sociedades donde el logro no tenga que ser sinónimo ni de sacrificio extremo ni de sospecha permanente.

Créditos de la fuente:
Artículo basado en “New psychology research rebuts Sigmund Freud’s ‘wrecked by success’ hypothesis”, de Vladimir Hedrih, publicado en PsyPost el 16 de noviembre de 2022, y en el estudio “Wrecked by Success? Not to Worry”, de Harrison J. Kell y colegas, en Perspectives on Psychological Science

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