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Decrecionismo: la ideología que propone que el mundo deje de crecer para poder sobrevivir




Durante casi dos siglos, el crecimiento económico funcionó como el indicador universal de éxito para gobiernos de cualquier signo político: más PIB significaba, casi por definición, un país en mejor estado. El decrecimiento —o "degrowth"— es la corriente ideológica que se atreve a cuestionar esa premisa desde la raíz, y que en los últimos años pasó de ser un eslogan activista marginal a un cuerpo teórico discutido en parlamentos europeos y gabinetes latinoamericanos.

El concepto, traducción literal del francés "décroissance", fue lanzado por activistas en 2001 como un desafío directo a la lógica del crecimiento ilimitado. Su premisa central: el crecimiento del PIB está irremediablemente vinculado a un mayor rendimiento biofísico —es decir, a un mayor agotamiento de recursos naturales y una mayor huella de carbono—, por lo que ninguna economía puede crecer indefinidamente en un planeta con límites físicos finitos. El economista Serge Latouche, considerado el padre intelectual del movimiento, popularizó la idea con su libro "Adiós al crecimiento" (2009), y desde entonces el decrecimiento ha construido una base académica sólida, con centros de investigación dedicados específicamente al tema y conferencias internacionales bianuales que ya se celebraron en Leipzig, Budapest, Malmö, Ciudad de México y el propio Parlamento Europeo.

Lo distintivo del decrecimiento frente a otras críticas al capitalismo es que no propone simplemente redistribuir la riqueza generada por el crecimiento, sino reemplazar el crecimiento económico como el indicador principal de progreso por otros conceptos de bienestar colectivo: reducción deliberada del consumo material en las economías más ricas, redistribución de recursos hacia el Sur global, e inversión prioritaria en bienes y servicios públicos por encima del consumo privado. Entre sus propuestas concretas figuran el reconocimiento legal de los derechos de la naturaleza —ya aplicado en Bolivia— y la reducción de la semana laboral sin recorte salarial, un experimento que Islandia y otros países ya probaron con resultados documentados.

El decrecimiento ha encontrado eco político inesperado en América Latina: en Colombia, la entonces ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, propuso ante el Congreso Nacional de Minería una "nueva geopolítica" basada en el decrecimiento de los países más desarrollados, y el propio presidente Gustavo Petro reflexionó públicamente sobre el concepto durante la clausura de ese evento. Sus críticos, sin embargo, son igual de contundentes: economistas ortodoxos argumentan que frenar deliberadamente el crecimiento condenaría a los países en desarrollo a perpetuar la pobreza, ya que gran parte del progreso material —acceso a salud, educación, infraestructura— sigue dependiendo de la expansión económica, especialmente en el Sur global. Incluso dentro del propio movimiento existe fractura: el decrecimiento nunca ha logrado ser una corriente internamente coherente, y algunos de sus propios teóricos reconocen que probablemente nunca lo será, precisamente porque agrupa visiones políticas divergentes bajo un mismo paraguas crítico al "crecimiento como religión" más que bajo un programa de gobierno unificado.

Fuentes: Wikipedia (Decrecimiento), Dialnet, El Salto, Latin Counsel, 15/15\15, Nodo50, Revista de Economía Crítica.