Ante la constatación de que la meta del Acuerdo de París de contener el calentamiento en 1,5°C respecto a niveles preindustriales resulta, según datos del programa europeo Copernicus, prácticamente inalcanzable con la trayectoria actual de emisiones, una idea que hace pocos años parecía ciencia ficción gana espacio en los debates científicos y políticos: la geoingeniería solar, o modificación deliberada de la radiación solar para enfriar artificialmente el planeta.
Las dos técnicas más estudiadas son la inyección de aerosoles en la estratósfera —dispersar partículas reflectantes en las capas altas de la atmósfera para imitar el efecto de enfriamiento de una erupción volcánica— y el blanqueamiento de nubes marinas, que busca aumentar la reflectividad de las nubes bajas sobre los océanos. Ninguna se aplica todavía a gran escala, pero la investigación avanza con rapidez, sobre todo en países del norte global. La compañía Stardust Solutions, con sede en Estados Unidos e Israel, ya reunió más de 75 millones de dólares para desarrollar un sistema de este tipo, y presentó ante autoridades estadounidenses una solicitud de patente para partículas sólidas diseñadas específicamente para este fin.
El problema central del debate, señalan especialistas como Holly Jean Buck, autora de After Geoengineering, es que no existe ningún marco regulatorio internacional unificado para experimentos de esta naturaleza, y las propuestas de gobernanza presentadas hasta ahora por las propias empresas son, según su lectura, conceptos genéricos ya discutidos en el ámbito académico sin ninguna fuerza vinculante. Esa ausencia de reglas claras ha generado ya incidentes de alto perfil, como una prueba con hierro realizada por un empresario estadounidense frente a la costa de Canadá años atrás.
Los riesgos técnicos son significativos. Mantener un efecto de enfriamiento global exigiría lanzamientos ininterrumpidos de millones de toneladas de aerosoles cada año, operados por al menos un centenar de aeronaves, de forma continua durante décadas. Cualquier interrupción abrupta —por un conflicto, una pandemia o una crisis económica— podría desencadenar lo que los científicos llaman "choque por terminación": un rebote térmico veloz con consecuencias potencialmente más severas que no haber intervenido nunca. Especialistas advierten, además, que la intervención podría alterar patrones climáticos regionales de enorme importancia, como los monzones del sur de Asia, de los que dependen para su subsistencia cientos de millones de personas.
La dimensión geopolítica del debate resulta tan sensible como la técnica. A diferencia de otras políticas climáticas, la modificación de la radiación solar no tiene fronteras: sus efectos se propagan por la circulación atmosférica global, lo que obliga a preguntar quién tiene autoridad legítima para decidir alterar el clima de todo el planeta. La profesora argentina Inés Camilloni, vicepresidenta de un grupo de trabajo del IPCC, insiste en que cualquier marco de gobernanza debe garantizar equidad y consentimiento informado, e incorporar activamente a los países del Sur Global, que son quienes más sufren ya el calentamiento —con olas de calor, sequías y crisis alimentarias— pero permanecen prácticamente ausentes de un debate que hoy se concentra casi por completo en instituciones y financiamiento del norte.
No hay consenso sobre si la geoingeniería solar es una herramienta de emergencia razonable ante la insuficiencia de las políticas de descarbonización, o si constituye, como advierten sus críticos, una "pendiente resbaladiza" que podría relajar la presión para reducir emisiones y trasladar riesgos desproporcionados a las regiones más vulnerables. Lo que sí coinciden en señalar tanto defensores como detractores es que, ante el ritmo actual del calentamiento, es probable que la discusión sobre intervenir directamente en el sistema climático terrestre se vuelva, en los próximos años, uno de los ejes centrales de la política climática global.
Fuentes: Infobae, El Grand Continent, KCH FM.
