El orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa, según el consenso expresado en el Foro Económico Mundial de Davos de enero de 2026, una crisis profunda marcada por el unilateralismo, las presiones de corte imperial y el debilitamiento del derecho internacional. Analistas presentes coincidieron en que los últimos doce meses aceleraron el desgaste de instituciones y reglas que parecían asentadas, abriendo paso a un escenario donde la cooperación multilateral cede terreno frente a alianzas más pragmáticas y transaccionales.
Esa fragmentación no es solo diplomática, sino también tecnológica. Bajo presión de Washington, los Países Bajos limitaron en los últimos meses la exportación de ciertos equipos hacia China, mientras Pekín acelera el desarrollo de un ecosistema tecnológico propio en telecomunicaciones, pagos digitales, inteligencia artificial y estándares técnicos, con empresas como Huawei, Alibaba y Tencent operando en estrecha coordinación con la estrategia estatal. El resultado, coinciden varios análisis, es un espacio tecnológico global cada vez menos integrado, dividido en bloques con normas e infraestructuras propias.
El caso más visible de esta recomposición es la expansión del bloque BRICS, que en 2026 alcanza once miembros de pleno derecho —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia, más la incorporación formal de Arabia Saudita— junto a un esquema de países socios que suma a Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Más de 50 países han mostrado interés en sumarse y se contabilizan más de 20 solicitudes formales. El primer ministro indio, Narendra Modi, señaló durante la presidencia india del bloque en 2026 su intención de imprimirle una nueva orientación al grupo, en momentos en que Nueva Delhi intenta usarlo como plataforma de multipolaridad sin quedar subordinada a la influencia china.
El politólogo ruso Dmitri Trenin ha señalado que este nuevo mundo multipolar no responde a alianzas ideológicas coherentes, sino a equilibrios pragmáticos de poder: no existe, sostiene, un bloque antioccidental unificado, sino una constelación de Estados que cooperan según sus intereses nacionales concretos, incluso cuando eso implica trabajar simultáneamente con Washington, Pekín y Moscú. Esta lógica explica por qué democracias y regímenes autoritarios, exportadores e importadores de materias primas, conviven dentro de agrupaciones como los BRICS sin compartir un proyecto político común, lo que a su vez ralentiza cualquier intento de institucionalización profunda.
Detrás de esta reconfiguración también hay una crítica de fondo desde el Sur Global: potencias medias como India, Brasil o Sudáfrica, junto con bloques como la Unión Africana, consideran que el orden liberal heredado de la posguerra perpetúa desigualdades y bloquea reformas —como la ampliación del Consejo de Seguridad de la ONU— que darían mayor voz a regiones históricamente subrepresentadas. Esa frustración con el sistema de veto de los cinco miembros permanentes alimenta el atractivo de espacios alternativos de cooperación.
No todos los analistas leen este proceso de la misma manera. Para algunos, se trata del cierre definitivo de la era de hegemonía indiscutida y el prefacio de un orden fragmentado y más inestable, con mayor riesgo de escalada regional. Para otros, en cambio, no significa el fin de la globalización sino el inicio de una etapa distinta, todavía en construcción, en la que el multilateralismo no ha desaparecido sino que se ejerce sin liderazgo único y con reglas que aún están por escribirse.
Fuentes: El Financiero, Mientras Tanto, Diálogo Político, EBC Financial Group, La Iberofonía (análisis de Dmitri Trenin), Wikipedia (BRICS).
