El 7 de agosto de 2026, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron el "Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca", un pacto de seguridad regional que analistas de relaciones internacionales describen como algo más que una alianza militar puntual: una señal clara de que las potencias medias del mundo dejaron de esperar instrucciones de Washington o Pekín para garantizar su propia seguridad.
El concepto que mejor describe esta tendencia es el de los "hedgers" —países que cubren sus apuestas—, popularizado por analistas como Zaki Laïdi e Yves Tiberghien: naciones que reducen deliberadamente su dependencia de una sola gran potencia sin alinearse por completo con la rival. El caso de Arabia Saudita ilustra la magnitud del giro: en 1990, destinaba 24% de sus exportaciones a Estados Unidos; en 2024, esa cifra cayó a apenas 4%, mientras su comercio con China se disparó. India, Brasil, Turquía, Indonesia y Sudáfrica —el grupo que un análisis reciente describe como los protagonistas de un "capitalismo nacional-estratégico" emergente— comparten esta misma lógica: usan aranceles, subsidios y alianzas selectivas como herramientas de política exterior, sin comprometerse ideológicamente con ningún bloque.
Lo que distingue a esta ola de multipolaridad de la Guerra Fría es su carácter transaccional más que ideológico. El politólogo argentino Juan Gabriel Tokatlián describe el momento actual como un interregno "posoccidental" y "no hegemónico": ni Estados Unidos ni China han logrado imponer un orden único, y en ese vacío, potencias medias con suficiente peso económico o militar regional negocian simultáneamente con ambos polos según su conveniencia del momento. Turquía ejemplifica esta ambigüedad: mantiene relaciones tensas con Israel por la causa palestina, pero también normaliza vínculos con Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos bajo el paraguas de los Acuerdos de Abraham, mientras se consolida como actor bisagra entre Europa, Asia y Medio Oriente.
El propio Fondo Monetario Internacional advierte que esta fragmentación económica —más aranceles, más restricciones tecnológicas, cadenas de suministro regionalizadas— podría generar pérdidas significativas en la producción mundial si se combina con un desacoplamiento tecnológico más profundo entre bloques. Pero los gobiernos de estas potencias medias parecen dispuestos a asumir ese costo a cambio de reducir su vulnerabilidad geopolítica frente a cualquier potencia única. Lo que queda por verse, señalan analistas del Real Instituto Elcano y CIDOB, es si esta multipolaridad asimétrica —coexistencia de varias potencias capaces de imponer reglas en sus áreas de influencia, sin que ninguna domine el conjunto— producirá mayor estabilidad global o simplemente distribuirá el conflicto en más frentes simultáneos, cada uno con su propia potencia media dispuesta a defender su margen de maniobra recién conquistado.
Fuentes: Instituto de Relaciones Internacionales (IRI, x2), FunPolitik (Substack), Escenario Mundial, Forbes Ecuador, El Grand Continent, Veselin.es, El Colectivo de Uno News, CIDOB.
