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Los héroes nunca fueron inocentes: el poder siempre necesitó buenos relatos


La historia rara vez recuerda a sus personajes por la precisión de sus expedientes judiciales. Los pueblos construyen a sus héroes desde la emoción, la identidad y la necesidad de encontrar figuras capaces de representar sus aspiraciones colectivas. Si Aquiles fuera juzgado únicamente por sus actos, probablemente sería recordado como un asesino; Ulises, como un manipulador brillante; y el Cid Campeador, como un mercenario que combatió para distintos bandos. Sin embargo, la memoria colectiva decidió convertirlos en símbolos porque las sociedades no edifican sus mitologías sobre códigos penales, sino sobre relatos capaces de otorgar sentido a una época.


Ese mismo mecanismo continúa vigente en la política contemporánea. Los liderazgos modernos no sobreviven únicamente por sus resultados administrativos o por la legalidad de sus decisiones. Permanecen porque logran representar emociones compartidas. Toda comunidad necesita historias que expliquen quiénes son los héroes, quiénes los adversarios y hacia dónde debe dirigirse el futuro. La política, antes que una administración del Estado, sigue siendo una disputa por el significado de esos relatos.


El filósofo francés Roland Barthes explicaba que el mito transforma hechos históricos en verdades aparentemente naturales. La comunicación política opera de manera semejante. Un gobernante deja de ser únicamente una persona y comienza a convertirse en una representación. Puede simbolizar esperanza, orden, transformación, patriotismo o resistencia. A partir de ese momento, los ciudadanos ya no reaccionan únicamente frente a los hechos, sino frente al significado que esos hechos adquieren dentro de una narrativa colectiva.


La historia ofrece innumerables ejemplos. Napoleón Bonaparte fue simultáneamente conquistador y modernizador; Winston Churchill es recordado como el líder que enfrentó al nazismo, aunque también impulsó decisiones profundamente cuestionadas durante el colonialismo británico. Simón Bolívar es venerado como libertador mientras los historiadores siguen debatiendo varios episodios de su ejercicio del poder. La memoria selecciona, enfatiza y también olvida. Así se construyen los grandes mitos políticos.


En la actualidad, las redes sociales aceleran ese proceso como nunca antes. Un video de treinta segundos, una fotografía cuidadosamente producida o una frase viral pueden reforzar una imagen pública con mayor eficacia que años de trayectoria institucional. La política ha dejado de competir únicamente por votos; ahora compite por convertirse en relato. Quien consigue instalar una narrativa emocionalmente poderosa suele obtener una ventaja que trasciende los datos, las estadísticas e incluso las contradicciones de la realidad.


Desde la perspectiva del poder, esto explica por qué los gobiernos invierten enormes recursos en comunicación estratégica. No basta con construir carreteras, reducir indicadores o impulsar reformas. También resulta indispensable construir una historia que permita interpretar esos logros dentro de un proyecto político coherente. El poder necesita legitimidad, y la legitimidad depende de la capacidad para producir símbolos que la sociedad esté dispuesta a reconocer como propios.


Sin embargo, esa misma lógica también representa un riesgo para las democracias. Cuando los relatos sustituyen completamente a los hechos, la política puede convertirse en un ejercicio de representación permanente donde importa más la imagen que la realidad. Los ciudadanos dejan de evaluar resultados y comienzan a defender identidades. El héroe deja de ser un servidor público para convertirse en un personaje incuestionable, mientras cualquier crítica es interpretada como una agresión al grupo que representa.


Quizá por eso la frase conserva tanta vigencia. Los pueblos no construyen sus mitos con criterios jurídicos; los construyen con emociones. Comprender ese fenómeno no significa justificar los excesos del poder, sino reconocer uno de los mecanismos más antiguos de la comunicación política. Las democracias necesitan relatos que inspiren, pero también ciudadanos capaces de distinguir entre el símbolo y la persona. Porque cuando el mito sustituye por completo a la realidad, el poder deja de rendir cuentas y comienza a escribir su propia leyenda.