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El nuevo mapa del poder global no se dibuja con ejércitos: se dibuja con tierras raras




Mientras la atención global se reparte entre conflictos armados y disputas comerciales más visibles, otra batalla geopolítica avanza con menos ruido, pero con consecuencias igual de profundas: el control de los minerales críticos y las tierras raras que sostienen desde teléfonos celulares hasta turbinas eólicas, vehículos eléctricos y sistemas de defensa. En 2026, esa disputa alcanzó un punto de tensión inédito entre China y Estados Unidos.

La posición de China es, por ahora, difícil de discutir: el país procesa más del 90 por ciento de las tierras raras del planeta y posee las mayores reservas conocidas, con depósitos estimados en 44 millones de toneladas, muy por delante de Brasil, que ocupa el segundo lugar con 21 millones. Ese dominio no es casualidad, sino el resultado de décadas de inversión estatal sostenida en refinación y procesamiento, una etapa de la cadena mucho más difícil de replicar que la simple extracción minera.

En mayo de 2026, Pekín escaló la disputa imponiendo controles a la exportación de galio, germanio, grafito y antimonio, e incorporó a las empresas estadounidenses MP Materials y USA Rare Earth a su lista de control de exportaciones, una medida que golpeó directamente a la industria de defensa y tecnología de Estados Unidos, que depende al cien por ciento de importaciones para al menos 12 minerales críticos, entre ellos el terbio, el holmio, el lutecio, el cobalto y el níquel.

La respuesta de Washington combinó varios frentes simultáneos. En enero de 2026, el gobierno estadounidense firmó una orden ejecutiva para reordenar las importaciones de minerales críticos procesados, reveló planes para construir una reserva estratégica con una inversión inicial de 12.000 millones de dólares y propuso una coalición internacional de tierras raras para reducir la dependencia de un solo proveedor. América Latina emergió como pieza clave de esa estrategia, con más de 1.000 millones de dólares en inversiones destinadas a México y Argentina desde comienzos de 2025, en un intento explícito de diversificar cadenas de suministro fuera del control chino.

Un análisis reciente sugiere que, pese a esta ofensiva, Estados Unidos va perdiendo la carrera: replicar en pocos años la infraestructura de procesamiento que China construyó durante décadas resulta extremadamente costoso y lento y, mientras tanto, Europa quedó atrapada en medio de la disputa, dependiendo tanto de la tecnología occidental como de los materiales que solo China puede refinar a la escala y el costo actuales.

Lo que distingue a esta competencia de otras disputas comerciales es su carácter estructural: a diferencia de los aranceles, que pueden negociarse o revertirse en meses, construir capacidad de procesamiento de tierras raras toma años y requiere inversiones sostenidas que ningún país occidental había priorizado hasta hace muy poco, lo que convierte a estos materiales, tan prosaicos y poco visibles para el público general, en una de las variables más determinantes del equilibrio de poder tecnológico y militar de la próxima década.

Fuentes: LISA News, Moncloa, Reporte Minero, Xataka, N Digital.