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Ecomodernismo: la ideología que apuesta a que más tecnología —no menos consumo— puede salvar el planeta




 En 2015, un grupo de investigadores encabezados por Michael Shellenberger y Ted Nordhaus, del Breakthrough Institute, publicó el "Manifiesto Ecomodernista", un documento que planteaba una tesis deliberadamente provocadora para el ambientalismo tradicional: la mejor forma de proteger la naturaleza no es reducir el consumo humano, sino intensificar y modernizar tecnológicamente la producción para necesitar cada vez menos territorio, energía y recursos por cada unidad de bienestar generada. Una década después, esa corriente —el ecomodernismo— se consolidó como el principal rival ideológico del decrecimiento dentro del debate ambiental global, y ambas visiones compiten hoy por definir cómo debería responder la humanidad a la crisis climática.

El concepto central del ecomodernismo es el "desacoplamiento": la idea de que el crecimiento económico puede separarse progresivamente de su impacto ambiental mediante la tecnología adecuada. Sus defensores respaldan la urbanización intensiva —porque concentrar personas en ciudades libera territorio natural en otras partes—, la agricultura de alto rendimiento incluyendo cultivos biotecnológicos, la desalinización y, de forma especialmente distintiva, la energía nuclear, a la que describen como la única tecnología actual capaz de generar energía de cero emisiones a la escala que requiere una economía industrial moderna. Bajo esta lógica, el ecologismo tradicional habría cometido un error histórico al rechazar la energía nuclear por miedo, empujando a países como Alemania hacia una mayor dependencia del gas fósil durante su transición energética —un argumento que ecomodernistas citan como advertencia central de su proyecto.

El ecomodernismo no es una corriente ideológicamente homogénea: existe una vertiente de izquierda, representada por autores como Leigh Phillips y Matthew Huber, que defiende un "Green New Deal" basado en crecimiento tecnológico bajo control público, distinta de una vertiente más cercana al libre mercado que confía en que la innovación privada, incentivada correctamente, resolverá la ecuación ambiental sin necesidad de transformar las relaciones económicas existentes. Lo que ambas comparten es el rechazo explícito a la premisa central del decrecimiento: para el ecomodernismo, pedirle a la humanidad que consuma menos es, además de innecesario dado el potencial tecnológico disponible, políticamente inviable y particularmente injusto para los países pobres que todavía necesitan expandir su consumo energético para salir de la pobreza.

Las críticas al ecomodernismo provienen tanto de la izquierda ecosocialista como de sectores más tradicionales del ambientalismo, y comparten un mismo núcleo escéptico: cuestionan que la evidencia histórica respalde un desacoplamiento absoluto entre crecimiento económico y consumo de recursos a la escala y velocidad que el planeta necesita, señalan que la energía nuclear ha requerido subsidios estatales masivos para ser viable económicamente en la mayoría de los países que la desarrollaron, y advierten que la confianza ecomodernista en soluciones tecnológicas de gran escala —geoingeniería incluida en algunas versiones más extremas de la corriente— reproduce una lógica de control experto y centralizado que, según sus críticos, es estructuralmente incompatible con sociedades más igualitarias y participativas. El propio debate entre ecomodernismo y decrecimiento, lejos de resolverse, se ha convertido en una de las líneas de fractura más persistentes dentro del ambientalismo global contemporáneo, cada una convencida de que la otra corriente conduce, con las mejores intenciones, hacia el fracaso climático.

Fuentes: Wikipedia (Ecomodernismo), Jacobin Revista (Lat), Medium (Juan Ignacio Arroyo), Art Berman, Rambletamble (blog de Artemio López), Todo Por Hacer, Felix Moronta Barrios.