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El altruismo efectivo prometía calcular el bien mayor. Terminó financiado por el fraude de FTX




En 2009, un grupo de filósofos de Oxford —entre ellos William MacAskill y Toby Ord— articuló una idea que sonaba, en principio, difícil de objetar: si vas a donar dinero a causas benéficas, hazlo de la forma más racional y eficiente posible, dirigiendo cada dólar hacia la intervención que salve o mejore la mayor cantidad de vidas al menor costo. Así nació el altruismo efectivo, un movimiento que combinaba rigor cuantitativo con ambición moral, y que durante más de una década se ganó el respaldo de filántropos, académicos y, cada vez más, de la clase multimillonaria de la tecnología.

El ejemplo canónico del movimiento —comprar y distribuir mosquiteras contra la malaria en el África subsahariana, una intervención de bajísimo costo por vida salvada— ilustra su lógica original: las conexiones personales o emocionales con una causa, argumentan sus fundadores, distraen de dirigir el dinero hacia donde realmente hace más bien, casi siempre en países en desarrollo, medido con la frialdad de una hoja de cálculo. Con el tiempo, sin embargo, una rama del movimiento evolucionó hacia el "longtermismo": la idea de que, dado que existirán muchísimas más personas en el futuro que en el presente, la prioridad moral más urgente no es aliviar el sufrimiento actual, sino prevenir riesgos existenciales que podrían eliminar a la humanidad entera —desde pandemias diseñadas hasta una inteligencia artificial descontrolada—, sin importar cuán especulativos o lejanos parezcan esos escenarios.

El 11 de noviembre de 2022, esa credibilidad se derrumbó de forma pública y estrepitosa: Sam Bankman-Fried, fundador de la plataforma de criptomonedas FTX y uno de los donantes más visibles del movimiento —llegó a comprometer 46,100 millones de dólares en financiamiento para causas de altruismo efectivo—, se declaró en bancarrota en medio de acusaciones de fraude que terminaron en condena penal. Bankman-Fried había sido, según reconstruye el propio movimiento, convencido personalmente por MacAskill de "ganar la mayor cantidad de dinero posible para donarla" en lugar de trabajar directamente en una organización benéfica, una estrategia conocida dentro del movimiento como "earn to give". El colapso de FTX no solo destruyó miles de millones de dólares de inversionistas: expuso, según críticos como el historiador Émile Torres —antiguo converso al movimiento que se convirtió en uno de sus opositores más prominentes—, lo que describe como una "ingenuidad sobre el poder": una ideología que confiaba en la benevolencia calculada de sus patrocinadores multimillonarios sin cuestionar suficientemente la concentración de poder que esa misma dependencia generaba.

Las críticas al altruismo efectivo, sin embargo, no se limitan al episodio FTX. Especialistas en filosofía política señalan que el movimiento favorece sistemáticamente la caridad voluntaria de individuos ricos por encima de la redistribución estructural del poder político y económico, lo que explicaría, según algunos análisis, su atractivo particular entre las clases multimillonarias de Silicon Valley. Otros defensores del movimiento, mientras tanto, insisten en que la existencia de un mal actor dentro de una comunidad no invalida el marco ético de fondo, y que separar la idea de calcular racionalmente el mayor bien posible de los errores específicos de sus patrocinadores más visibles sigue siendo un ejercicio moral legítimo. El debate no se ha resuelto, pero sí quedó claro que una ideología nacida para maximizar el bien con la precisión de una hoja de cálculo tuvo que enfrentar, de la forma más pública posible, la pregunta que sus propios fundadores no habían calculado del todo: qué pasa cuando el dinero que financia el bien mayor proviene de una fuente que resultó no ser tan buena.


Fuentes: Current Affairs, Francisco Suárez (Substack), The Philosopher (x1923), Socompa, Wikipedia (Effective altruism).