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El dólar no cae: se tensiona. Por qué la desdolarización es real y, al mismo tiempo, está sobrevendida




Cada pocos meses circula una versión actualizada del mismo titular: "el fin del imperio del dólar". La evidencia de 2026 sugiere que ese titular capta una tendencia real pero exagera su velocidad y su desenlace. Lo que está ocurriendo, según la lectura convergente de analistas de distintas orientaciones ideológicas, no es el colapso de la moneda estadounidense, sino su transformación de un instrumento relativamente neutral de intercambio a un arma de coerción geopolítica cada vez más explícita —y esa transformación, paradójicamente, es lo que está acelerando la búsqueda de alternativas.

Los números documentan un declive gradual, no un derrumbe: la participación del dólar en las reservas globales de los bancos centrales cayó de más del 70% a comienzos de siglo a 56-57% en 2026, el nivel más bajo desde 1995, según datos del FMI citados por múltiples analistas. Los países del bloque BRICS ampliado —que tras sumar a Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia representa ya más de 37% del PIB mundial— compraron un récord de 1,237 toneladas de oro en 2025 y lanzaron mBridge, un sistema de pagos transfronterizos que permite liquidar comercio internacional sin pasar por el sistema bancario dominado por Washington. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos ya liquidan parte de sus exportaciones energéticas a China en yuanes, erosionando uno de los pilares históricos de la hegemonía del dólar: el "petrodólar".

El detonante político de esta aceleración es identificable con precisión: la congelación de 300,000 millones de dólares en reservas del banco central ruso tras la invasión de Ucrania en 2022 envió una señal que ningún gestor de reservas soberanas pudo ignorar —si Washington puede confiscar las reservas de una potencia nuclear en cuestión de días, ningún país mediano está verdaderamente a salvo de esa misma herramienta—. Analistas del instituto de investigación Tricontinental, de orientación crítica hacia Washington, describen esto sin rodeos: el dólar dejó de ser un medio de intercambio neutral para convertirse en un "dispositivo de poder imperial" que disciplina economías enteras mediante sanciones y exclusión financiera.

Pero la misma evidencia que documenta el declive relativo del dólar confirma que su sustitución no está ni cerca de completarse. El propio Instituto Tricontinental —que difícilmente puede acusarse de simpatía hacia Washington— advierte contra "exagerar la realidad de la desdolarización": el dólar conserva la liquidez de mercado más profunda del planeta, sigue siendo la principal moneda de facturación del comercio energético mundial, y ni el euro ni el yuan chino tienen, por razones estructurales distintas, la capacidad o el interés de ocupar ese lugar en el corto plazo —China, en particular, tendría que liberalizar su cuenta de capital de un modo que el propio Partido Comunista considera un riesgo inaceptable para su control económico interno—. El escenario que dibuja la mayoría de los analistas de 2026, más que un mundo post-dólar, es uno de multipolaridad monetaria fragmentada: varias divisas coexistiendo según áreas de influencia regional, con el dólar debilitado pero todavía en el centro del sistema, en lo que Estados Unidos experimentará como una pérdida de poder relativo, no como el fin de su privilegio, al menos durante la próxima década.

Fuentes: La Jornada Veracruz, Público, Tricontinental: Institute for Social Research (x2), Escudo Digital, informed clearly (Desdolarización 2026).