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Republicanismo cívico: la libertad como ausencia de dominación según Philip Pettit



¿Es libre alguien a quien nadie le impide nada, pero que depende por completo de la buena voluntad de otro? La pregunta resume el núcleo del republicanismo contemporáneo tal como lo formula el filósofo Philip Pettit. En una reseña de su libro "Justa libertad", Jonathan Derbyshire, en la revista Prospect, la ilustra con Nora, la protagonista de "Casa de muñecas" de Ibsen: su marido casi nunca interfiere en lo que ella decide, y sin embargo vive bajo su poder. Para Pettit, eso es falta de libertad. Libre es quien está protegido frente a la interferencia arbitraria de otros, no solo quien de hecho no es interferido.


Esa diferencia define la propuesta. Según Derbyshire, Pettit contrapone su idea a la libertad como no interferencia que defendía Isaiah Berlin. El académico António Manuel Martins, en un análisis crítico publicado en 2002 en la revista Res publica, añade que Pettit rechaza también la clásica dicotomía entre libertad negativa y positiva y la distinción de Constant entre libertad de los antiguos y de los modernos, y busca una tercera vía. Pettit rastrea su idea hasta la dominatio romana, el pensamiento medieval y la Inglaterra del siglo XVII, con Milton como figura clave, y sostiene que incluso Locke, a menudo clasificado como liberal, suena republicano en su visión de la libertad y la ley.


De ahí se desprenden consecuencias institucionales. Según Martins, para los republicanos la ley no solo limita la libertad sino que la crea, mientras que para los liberales el vínculo es externo. Pettit propone una democracia más deliberativa y "disputable", con mecanismos de control sobre los cargos públicos, antes que una democracia basada solo en el consenso. Derbyshire añade que favorece una constitución mixta, un sistema parlamentario con partidos y un control igualmente repartido del gobierno, y que critica el peso del dinero concentrado en la política, como el que se ve en la financiación de campañas en Estados Unidos.


Las virtudes cívicas ocupan un lugar secundario, y esto separa este republicanismo de versiones más moralistas. Martins señala que, en Pettit, la virtud tiene un papel instrumental: sirve para maximizar la libertad, no es un fin en sí misma. El Estado, reconoce Pettit, necesita el apoyo de la sociedad civil para que las normas se cumplan. Para él, además, hay que distinguir entre la amplitud de las opciones y su profundidad: una libertad real exige que todos tengan áreas protegidas de elección, y no basta con sumar opciones en conjunto sin mirar cómo se reparten.


Las críticas existen y conviene conocerlas. Martins, que discute los libros de 1997 y 2001, sostiene que la historia de Pettit es incompleta, porque ignora elementos republicanos ligados a la Revolución Francesa; que su retrato del liberalismo es esquemático, y que no tiene en cuenta al Rawls posterior a "Teoría de la justicia"; que la idea de que el Estado cultive activamente la libertad encaja mal con el pluralismo; y que el concepto de responsabilidad se usa de forma intuitiva y ambigua. Para Martins, incluso, la novedad frente a otras concepciones liberales sería limitada. La reseña de Prospect, por su parte, ofrece poca evaluación crítica, pues se limita a plantear preguntas al propio Pettit.


Queda una lectura prudente. La idea de libertad como no dominación aporta un criterio útil para pensar relaciones de poder que no pasan por la coerción visible, como las laborales o las que genera la concentración de riqueza. Pero que sea un criterio atractivo no la libra de la discusión sobre si es una tercera vía real o una variante del liberalismo, y sobre cuánto Estado exige. Las dos fuentes consultadas son anteriores a los últimos años y no recogen el debate posterior.


**Fuentes:** Prospect (Just freedom: Philip Pettit and the republican idea of liberty, Jonathan Derbyshire, abril de 2014, reseña y entrevista); Res publica (Republicanismo y libertad, António Manuel Martins, núm. 9-10, 2002).