Cuando António Guterres se dirigió a la Asamblea General de la ONU en enero de 2026 —en lo que él mismo describió como su última intervención de ese tipo como secretario general— no ofreció un discurso protocolar. Dijo, sin matices, que el mundo vive "un mundo rebosante de conflictos, impunidad, desigualdad e imprevisibilidad", y advirtió que las instituciones creadas para garantizar la paz y la estabilidad global se están debilitando justo cuando más se les necesita.
El diagnóstico no es exagerado. El propio FMI advirtió que, tras varias décadas de creciente integración económica, el mundo enfrenta un riesgo real de fragmentación geoeconómica impulsada deliberadamente por decisiones de política pública. La OMC dejó de operar como árbitro incuestionable del comercio global; los organismos financieros multilaterales actúan bajo presiones crecientes de deuda y financiamiento climático; y la ayuda oficial al desarrollo sufrió, en 2025, su primera caída simultánea en 30 años por parte de los cuatro mayores donantes del mundo —Estados Unidos, Alemania, Francia y Reino Unido—, lo que se tradujo en recortes de entre 13% y 25% para los países más pobres.
El caso estadounidense ilustra el cambio de fondo con particular claridad. El segundo gobierno de Donald Trump ha sido, según análisis de política exterior, considerablemente más agresivo que el primero en su relación con el sistema multilateral: anunció el retiro de una treintena de entidades de Naciones Unidas y acumuló atrasos financieros significativos con el organismo. El propio Trump ha planteado en más de una ocasión que Estados Unidos podría sustituir directamente a la ONU con mecanismos propios, como el llamado "Board of Peace" para Medio Oriente, una idea que buena parte de los analistas interpreta como un desafío directo a la arquitectura institucional construida después de 1945.
Lo que resulta más difícil de responder, más allá de documentar el desgaste, es qué reemplazará a ese orden. Guterres mismo lo planteó como pregunta abierta: "los problemas de 1945 no resolverán los desafíos de 2026", insistiendo en que las estructuras actuales —empezando por un Consejo de Seguridad diseñado para un mundo que ya no existe— no reflejan el peso creciente de las economías emergentes ni los cambios reales en el comercio y el poder global. Hasta ahora, sin embargo, ningún actor —ni Estados Unidos, ni China, ni bloques regionales emergentes— ha logrado articular una alternativa institucional con legitimidad comparable a la que tuvo el sistema de Naciones Unidas en su mejor momento. El resultado, más que un nuevo orden mundial, es por ahora un vacío: un sistema que perdió autoridad sin que otro lo haya sustituido, y en el que cada potencia negocia caso por caso, según su propia capacidad de imponer condiciones.
Fuentes: Noticias ONU, Nueva Sociedad, Listín Diario, Eje21, Vatican News, Redalyc (Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad).
