En los círculos ideológicos que rodean a buena parte de la élite tecnológica global gana terreno una corriente de pensamiento que hace apenas una década era marginal: el aceleracionismo. Su premisa central es contraintuitiva: en lugar de frenar o regular el cambio tecnológico y económico acelerado, hay que empujarlo aún más rápido, hasta el punto de ruptura, porque solo esa ruptura puede producir una transformación social real.
El aceleracionismo no es una ideología única, sino un paraguas que cubre posiciones opuestas. En su versión de izquierda, el objetivo es usar la aceleración tecnológica para liberar a la sociedad del trabajo y construir un orden más igualitario, aprovechando la automatización para redistribuir tiempo y recursos. En su versión de derecha, dominante hoy en los círculos tecnológicos más influyentes, la lógica es distinta: se asume que en la competencia económica y política, como en la naturaleza, sobreviven los más aptos y que cualquier intento de frenar ese proceso mediante regulación es, en sí mismo, un error histórico.
Esta versión de derecha del aceleracionismo, a veces descrita como neorreaccionaria, se ha fortalecido específicamente entre inversionistas y ejecutivos del capital tecnológico y suele combinarse con otras corrientes: discursos pronatalistas que promueven tener más hijos como proyecto civilizatorio, posturas anarcocapitalistas que ven al Estado como un obstáculo a eliminar y un transhumanismo que imagina la superación tecnológica de los límites biológicos humanos.
Analistas que estudian el fenómeno advierten sobre una contradicción de fondo: esta élite tecnocrática suele presentarse a sí misma como una meritocracia pura, pero en la práctica está formando lo que varios describen como una nueva aristocracia digital, que acumula riqueza y poder de decisión sin los contrapesos tradicionales de la política democrática.
El debate sobre el aceleracionismo no es solo académico. Las decisiones sobre regulación de inteligencia artificial, política migratoria, gasto público en investigación y hasta política exterior de varias potencias hoy están influidas, directa o indirectamente, por figuras que se identifican con esta corriente. Entender el aceleracionismo, entonces, ya no es un ejercicio filosófico: es una herramienta para leer decisiones concretas de poder.
Fuentes: Aceprensa, Retina (El País), Unidiversidad, Agenda Pública.
