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Geoingeniería solar: la tentación de enfriar el planeta y el debate que divide a los científicos



La geoingeniería solar, también llamada modificación de la radiación solar, propone reflejar una fracción de la luz del Sol hacia el espacio para frenar el calentamiento. La técnica más estudiada es la inyección de aerosoles estratosféricos: dispersar partículas, por ejemplo de dióxido de azufre, a unos 16-25 kilómetros de altura, imitando lo que hacen las grandes erupciones volcánicas. Tras la del Pinatubo en 1991, se estima que la temperatura global bajó cerca de 0,6 °C durante poco más de un año, un antecedente que los defensores de la idea citan con frecuencia.


Los argumentos a favor son pragmáticos. Los modelos climáticos sugieren que podría acercar las temperaturas globales y regionales a niveles preindustriales, que sería relativamente rápida de desplegar y que sus efectos directos serían reversibles. En 2025 y 2026 aparecieron además propuestas para sustituir el azufre por partículas sólidas como alúmina, calcita o sílice; según Le Grand Continent, la empresa israelí Stardust Solutions publicó el 14 de mayo un estudio sobre microesferas de sílice y carbonato de calcio diseñadas para ese fin. Un trabajo con participación del CSIC planteó que las partículas sólidas podrían reducir ciertos efectos secundarios, aunque su propio autor advierte que no es una solución definitiva.


Las objeciones son igual de serias. La inyección de aerosoles podría reducir el ozono, alterar los monzones tropicales y modificar los climas regionales, según la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. No elimina el dióxido de carbono, de modo que no frena la acidificación de los océanos. Y existe el riesgo de la interrupción abrupta: un análisis divulgado por Infobae, con participación de investigadores de la UNAM, estimó que detener de golpe el programa podría traer pérdidas económicas superiores a las del propio calentamiento. Mantener el enfriamiento exigiría lanzamientos continuos de millones de toneladas al año, con al menos un centenar de aeronaves.


El problema político es quizá mayor que el técnico. ¿Quién decide la temperatura del planeta, y quién compensa a las regiones que salgan perdiendo? Una carta abierta firmada por unos 500 expertos pidió prohibir esta tecnología, y la investigación de campo ha chocado repetidamente con la oposición de comunidades, activistas y gobiernos, como los pueblos nativos de Alaska o el experimento frenado en el norte de Suecia. La opinión pública también varía mucho: según datos recogidos por Le Grand Continent, la apoyan 79 % en India y 72 % en Filipinas, frente a 48 % en Australia y 35 % en Japón.


Una aclaración frecuente: las llamadas estelas químicas que circulan en redes no son geoingeniería. Friends of the Earth señala que no hay evidencia de que gobiernos o aerolíneas apliquen hoy estas tecnologías.


El debate, entonces, no enfrenta a quienes quieren salvar el clima con quienes no. Para unos, investigar es prudente porque quizá se necesite un freno de emergencia; para otros, el solo hecho de tener esa opción debilita la presión por reducir emisiones. La Unión Europea ha sostenido que estas técnicas no pueden sustituir la reducción de gases de efecto invernadero. Entre ambos polos, la discusión sobre gobernanza internacional sigue abierta y sin reglas vinculantes.


**Fuentes:** Le Grand Continent; Infobae; National Academies of Sciences; Friends of the Earth; Fundación Muy Interesante (CSIC); ThinkLandscape (Global Landscapes Forum); Cambio16; Wikipedia (geoingeniería solar).